"La gente sale a celebrar la captura de Maduro, no una intervención, a pesar de que lamentablemente en el caso de Venezuela esté unido"
Diana Massis - BBC News Mundo @HayFestivalCartagena | Viernes 06 febrero, 2026
Es una de los casi 9 millones de venezolanos que viven fuera de su país. Hace 10 años que lo dejó, los mismos que tiene su hijo, que inició su exilio cuando era un bebé de meses.
Arianna de Sousa-García dejó su trabajo de periodista en el diario El Tiempo; dejó Puerto La Cruz, su lugar. Dejó colegas, amigos, abuelos, familia; su carrera, el Caribe. Y partió a Chile con desgarro y esperanza.
Transformada en inmigrante, tuvo la necesidad de registrar la memoria y explicarle a su hijo lo que había pasado, contarle su historia, que es también la de muchos.
Así fue como De Sousa-García comenzó a escribir "Atrás queda la tierra".
Este es un extracto de ese libro:
"Las cifras más aceptadas dicen que en Colombia viven 2.477.588, en Perú 1.506.368, en Estados Unidos 545.200, en Ecuador 502.214 y que en Chile somos 444.423, y, sin embargo, ahora sabemos que los números siempre se quedan cortos. Los destinos subsiguientes en popularidad son España, Brasil, Argentina, Panamá y República Dominicana. La evidencia dice claramente que nos fuimos donde pudimos irnos, donde llegaron los pies, los contactos, hasta donde alcanzó el dinero.
Aun así tienen la desfachatez de llamarnos fascistas con una facilidad deslumbrante, de darnos discursos ideológicos desde sus barrios con agua y luz, desde sus refrigeradores llenos, y cómo no, de decirles a estos pobres vulgares muchachos bananeros lo que tuvimos que haber hecho.
Pero tú no bajes la cara, no apartes la mirada, no te doblegues ante la ignorancia ni el horror."
La narradora, poeta y cronista, que fue parte de la programación del Hay Festival de Cartagena, entrega una mirada cruda de la diáspora venezolana, pero también nos lleva a la tibieza de su intimidad, la de contarle a su hijo qué es Venezuela, un país en el que nació pero que no conoce.
En 2016 había crisis energética y alimentaria en Venezuela, y aunque trabajabas como periodista en tu lugar ideal, fue tu hijo el que te empujó a salir. ¿Cómo das ese paso?
Estábamos en ese momento histórico de crisis muy cruda. Cada día era más difícil alimentarlo. Me ayudaba con la leche materna, pero si tenía problemas para alimentarlo a él, yo comía mucho peor, así que se frustraba porque de mí ya salía muy poca leche. En verdad, era más un gesto de amor.
Con mi carrera también pasaban cosas; por esos meses publiqué un reportaje sobre la cadena de control de alimentación que se llamaba CLAP: una caja con comida que te hacía llegar el gobierno, pero de acuerdo a muchas variantes y condiciones, comenzando con que no tenías que ser opositor para que te pudiesen llegar estos productos que no se conseguían en el mercado, porque estaban controlados.
Eso levantó una especie de amenaza silente; al otro día, ya tenía patrullas afuera del diario; entré casi corriendo y mi editor me contuvo, me aseguró que todo iba a estar bien. Pero cuando llegué a mi casa había otra y ahí estaba mi hijo.
Me di cuenta de que también era una amenaza directa a él y supe que tenía que sacarlo, que mi trabajo estaba interfiriendo con su vida, con su crecimiento.
Mi hermana ya se había ido y mi madre estaba pronta a irse, pero me dijo: ¿te quieres ir tú? Feliz les compro el pasaje y después veo cómo me voy; porque el dinero era de la venta de las cosas de nuestra casa, el refrigerador: la cocina, nuestras camas.
Así que lo tomé con dolor, pensando solamente en él, no sin arrastrar la pena enorme de suspenderse como persona para el futuro de los hijos, porque yo sabía que no me iba a callar y que iba a seguir trabajando, pero eso también me ha dado tranquilidad.
"Atrás queda la tierra" lo definiste con tres palabras: desarraigo, empeño y enojo, ¿las podrías explicar?
El libro hace un intento de no soltar el país, no soltar el oficio, sentía muy fuerte la lejanía, ese apartamiento entre el país y yo, por eso el desarraigo, por el esfuerzo máximo de estar donde ya no estás; por lo imposible de asistir al funeral de tu abuelo.
Escribirlo fue la manera de estar en los lugares y con las personas con las que me hubiese gustado, ahí va el empeño. Es difícil ese ejercicio, requiere tozudez; ser vulnerable y fuerte al mismo tiempo, dejarse doblar para no romperse.
El dolor y el enojo están muy juntos: me molesto y lloro. Había no solo rencor por nuestros gobernantes, sino también rabia por dejar lo construido, a mi familia, por venirme a un lugar del que no sabía nada.
El enojo es por todo lo que nos pasó en el mundo; el estigma tan grande con el que cargamos, los malentendidos, la poca comunicación, el prejuicio que hay sobre el migrante venezolano. Desde cómo nos vemos hasta situaciones delicadas como la existencia de bandas como el Tren de Aragua.
Está cargado de enojo y propone que sea colectivo; aquí nos vamos a enojar todos. Mi necesidad era que el otro entendiera, acompañara y para eso tenía que ser parte de ese nosotros.
¿Por qué decides escribirlo como una carta para tu hijo?
El mensaje es para él, pero al mismo tiempo, le escribí a todos los niños que crecen fuera, en nuevos países, y eso funcionaba para hablarle a cualquier lector que no conociera el contexto venezolano.
A través de esta carta, pude conversar finalmente con el otro; fue una alegría enorme, porque es muy difícil hablar, cuando las primeras preguntas son: "¿Y de verdad pasaron hambre?". Difícilmente puedes responder de inmediato, porque se siente como un puñal.
Esta idea que empezó con querer hablarle a mi hijito de meses sobre por qué creció lejos de sus abuelos ha sido una llave importante que valió absolutamente todo el esfuerzo, todo el empeño y toda la rabia.
Además de tu experiencia personal, cuentas otras historias de migración: madres, "que son casas, canguros, escudos, fuentes, mantas, madres camas, madres termómetro, madres búho" que van cargando con sus hijos; niños que han muerto en el camino, padres deportados, viajes inconclusos. ¿Por qué las registras?
Era una tragedia tan amplia que los números empezaron a reemplazar la identidad de las personas. Tenía que pasar por cuatro o cinco medios para enterarme de los nombres.
En términos de la vida y la muerte, lo mínimo que le podemos dar a alguien es su identidad y para quien emigra forzadamente es quizás el derecho que más se vulnera, así que era importante tener ese gesto.
Además, tengo la experiencia venezolana de que las noticias van borrándose, en los portales web el archivo ya no existe, lo queman, se inunda o se pierde; nos hemos quedado sin historia, entonces un libro era un soporte ideal, con más estabilidad, más amable.
Cuentas que tu papá era militante y que muchas de las personas que salieron entre 2014 y 2016 eran hijos de quienes apoyaban al chavismo; se rompen las familias, ¿cómo le explicas esto a tu hijo?
No se lo explico, pero se da cuenta. Hablamos solo para Navidades y para el cumpleaños con mi papá. A mi hijo no se lo digo porque espero que en algún momento cambie nuestra situación y esa relación.
También ve los esfuerzos para videollamar a sus abuelos, para mantener una relación con el otro. Eso ha estado siempre en su vida, es su realidad y quizás me pesa más de lo que le pesa a él.
Sin embargo, le hablo mucho de qué hacíamos, de quiénes éramos, y las pocas oportunidades que ha tenido de reencontrarse con familiares han sido una alegría inmensa.
Es impresionante, porque León es íntegro, sólido y de pronto ve a la otra persona y se echa a llorar, aunque no la viera desde que tenía siete meses.
"Temo que el Caribe te deje a medida que tú vayas olvidándolo, que se te apaguen los colores, que te me quedes gris en este mundo feroz", le dices en el libro. ¿Es miedo a que pierda la raíz?
Esa línea tan dura que escribí hace algunos años tiene que ver con el concreto de las grandes ciudades, con el concreto de Santiago, con las instituciones, con la demora. Pienso en la frialdad más que en la gente.
Ahora estoy viviendo en el norte, Iquique es maravilloso, multicolor. El sur también ha sido un lugar amoroso, amable. Cada vez que voy a Valdivia es como estar en familia.
Y ha sido bello descubrir que era una generalización, un prejuicio, un dolor mío. También pudimos viajar, fuimos al Caribe colombiano, a San Andrés y ahí me di cuenta de que no importa cuántos años pasen, él no va a perder nada.
Yo era un pez, el niño era un pez. Y fue muy bonito verlo tan desinhibido, extrovertido, risueño, juguetón.
En nuestra vida en Iquique también se ha mostrado de esa manera, y sorpresivamente, porque hay páginas muy duras sobre Iquique en el libro.
Claro, porque es la puerta de entrada de muchos inmigrantes, donde ha habido duras protestas, maltrato y discriminación, ¿cómo has vivido eso?
Estamos en la frontera, debería ser un lugar álgido y no lo es. Me acuerdo de que el primer día llegué llorando de alegría porque la gente me trataba de vecina y me preguntaba cómo estaba mi familia, cuándo había llegado; en el minimarket, en el ascensor.
Tengo seis meses viviendo aquí y un amor tremendo, porque me recordó esa calidez, esa hermandad, hablar con el otro sin importar el origen. La primera pregunta nunca ha sido: ¿de dónde eres?
Creo que tiene que ver con su historia, con lo multicultural que es.
Al hablar de los prejuicios ante los inmigrantes venezolanos, dices: "... tienen la desfachatez de llamarnos fascistas con una facilidad deslumbrante y darnos discursos ideológicos desde sus barrios con agua y luz..". ¿Cómo son tratados en los países de acogida?
Eso tiene una vigencia tremenda, porque a raíz del Premio Nobel a María Corina, ahora resulta que todos somos fascistas por alegrarnos.
Nos dimos cuenta de que el término que recoge esto es la comodidad; es muy cómodo emitir juicios cuando uno tiene sus necesidades cubiertas y está seguro, es difícil ponerse en los zapatos de otro.
No solamente seguimos siendo leídos de esa manera, sino que pareciera que esa idea cobró fuerza.
Y es desmoralizante que otra persona no sea capaz de entender por qué esta cantidad de gente tan impresionante se fue de su país cuando claramente lo extraña y quiere volver.
Cuando Latinoamérica pueda vernos no solo como sujetos que salieron de un modelo, sino como personas que merecen vivir, entonces podremos solucionar el gran problema que tenemos como región.
¿Cómo has recibido la captura de Maduro?
Ha sido un proceso muy corporal, y es lo que intento defender, no solo para mí, sino para todos. Es imposible que un venezolano no sienta alivio e incluso alegría al ver que Maduro tiene un poco de lo que hemos tenido nosotros todos estos años, porque por lo menos a él le dan comida, lo sacan al sol y le leen sus derechos.
Las condiciones no son las mejores ni las más tranquilizadoras; es un proceso agridulce, como todo en nuestra historia reciente. Viene acompañado de angustia, de preguntas por el futuro.
No es la primera vez que alguien se apropia de nuestros recursos y quizás por eso muchos de mis paisanos lo han dejado en segundo lugar, pero tiene que ver con sentir que finalmente algo puede moverse.
Las reacciones han sido duras y es doloroso que no se entienda en qué situación estaría alguien como para alegrarse, o incluso celebrar algo así.
Yo los defiendo, a eso me he dedicado estos días, a ofrecer los antecedentes necesarios para que se entienda; la gente sale a celebrar la captura de un dictador, no una intervención o una injerencia, a pesar de que, lamentablemente, en nuestro caso esté unido.
Ese día nos levantamos a las seis con la llamada de un familiar y nos dio solo para abrazarnos y dar tres saltos en silencio, nada más.
Mucha gente sigue teniendo a su familia allá, para ellos esta emoción es intensa, es algo que los acerca. Mi familia se fragmentó totalmente por todo el mundo, eso nos permite vivirlo de otra manera y con la tranquilidad de saber que tus seres queridos están afuera; no todos tienen ese beneficio.
Quizás me nazca celebrar cuando vea que todos somos libres. Antes, se me dificulta mucho la idea de una alegría vivida como corresponde.
Estados Unidos ha tomado el control y Trump dice que la transición será un proceso largo…
Nunca pensé que fuese corto; con o sin Trump, nos va a tomar un montón de tiempo. Por supuesto que está la desazón de que sea una persona tan descarada, tan evidentemente manipuladora, tan fascista, la que tenga una voz que se antepone a todas las demás sobre nuestro país. Es una tristeza muy grande.
Nuestra historia ha estado atravesada por un montón de gente poderosa intentando hacerse de los recursos, intentando hacerse del territorio. Ya había pasado con el petróleo, pasó antes con el caucho.
Lo veo como la continuación de una lucha que siempre ha tenido Venezuela y que no ha parado. Lo que espero es que se respete la vida de los civiles, es lo que estoy pensando todo el día y lo que me tiene más preocupada.
Tu hijo dice que se siente "multipaíses, con muchos acentos y muchas experiencias por vivir". ¿Qué deseas para él en el futuro?
Solo quiero que esté tranquilo y contento con lo que decida.
Cuando trabajaba de librera, conocí a gente que fue exiliada de la dictadura chilena en Venezuela; gente que se fue al oriente, de donde soy yo. Me parecía una coincidencia grande y me decían algo que empiezo a ver en León, y es que ellos prefieren quedarse en los países donde crecieron. Para ellos es su país. Y me parece válido.
Los padres regresan, los hijos se quedan, es una vida de ir y venir. Es algo de lo que uno no se repone enteramente, pero recordando por qué nos fuimos, finalmente vale la pena. Tiene que ver con la felicidad de ellos, con la plenitud de sus vidas en un lugar en el que se sientan seguros.
¿Y tú quieres volver y hacer esa vida de idas y venidas?
Muchísimo, quiero volver, no he vuelto ni de viaje, me pesa un montón, pero no lo he hecho porque ¿qué pasaba con él aquí si a mí me dejaban allá?
Tengo ganas de ayudar a reconstruir Venezuela, mucha necesidad de eso. Levantar el país, a la gente. No anímicamente, porque somos de un carácter festivo impresionante y eso nos ha mantenido de pie estos años, pero pienso en la lectura, en la escritura, en la educación.
Creo que voy a ir y a venir, pienso todos los días en eso, lo hablo con mi pareja, que es chileno, con mis otros hijos, sus hijos, que también son chilenos, porque tenemos que ir amoldándonos a la idea de esa vida mía de ir y venir.
Haz clic aquí para leer más historias de BBC News Mundo.
Suscríbete aquí a nuestro nuevo newsletter para recibir cada viernes una selección de nuestro mejor contenido de la semana.
También puedes seguirnos en YouTube, Instagram, TikTok, X, Facebook y en nuestro nuevo canal de WhatsApp.
Y recuerda que puedes recibir notificaciones en nuestra app. Descarga la última versión y actívalas.
- "Me siento más pobre hoy que en diciembre": el aumento de precios que registra Venezuela desde la crisis política por la captura de Maduro
- "¡Se llevaron a Maduro y a Cilia!": BBC Mundo reconstruye la noche en la que EE.UU. bombardeó Caracas