"Mi abuela le practicó la ablación a mi hija a mis espaldas cuando solo tenía 6 meses": el ciclo sin fin de la mutilación genital en Colombia que una mujer lucha por terminar
José Carlos Cueto* - Corresponsal de BBC News Mundo en Colombia | Miércoles 15 abril, 2026
Una niña no merece el dolor de la mutilación de su cuerpo.
Mi hija tenía seis meses cuando mi abuela le hizo la práctica. Me enteré tarde.
La recibí con fiebre, hinchada y sangrando.
Confronté a mi abuela, quien respondió que era normal y que no podía decirle a nadie, pero mi expareja se enteró.
Cuando vio así de mal a la niña, pensó que yo había dado permiso. Me pegó.
Mi hija lloraba. Quisimos llevarla a un centro de salud, pero era lejos y llovía.
Mi mamá la intentó aliviar con unas plantas. Ella es partera, pero se opone a la ablación y también confrontó a mi abuela.
No hizo caso. Dijo que los hombres se burlan de las mujeres que tienen clítoris.
La ablación en Colombia
Carla Quiñonez* dice que su hija, hoy de cuatro años, sufre dolores e infecciones urinarias frecuentes. Son síntomas comunes de quienes sobreviven la mutilación genital femenina.
Quiñonez, con 30 años, es una indígena emberá que trabaja para erradicar la ablación en Colombia, el único país donde se ha reconocido que aún se registra esta práctica en América Latina.
La emberá viaja por territorios recónditos, imparte talleres, confronta a autoridades indígenas conservadoras, convive con amenazas por su labor.
Junto a un equipo de compañeras y congresistas, su participación está siendo clave para que una ley contra la ablación pueda ser aprobada en las próximas semanas en Colombia.
La ablación implica la resección parcial o total de los genitales externos femeninos y otras lesiones causadas a esos órganos por motivos no médicos.
La Organización Mundial de la Salud (OMS) estima que más de 300 millones de niñas y mujeres vivas en la actualidad la han sufrido.
La mayoría de países donde se practica se encuentra en las regiones occidental, oriental y nororiental de África y en algunos países de Medio Oriente y Asia.
La ablación puede causar hemorragias, problemas urinarios, menstruales y en el parto. También quistes, infecciones, mayor riesgo de mortalidad neonatal y dificultades para experimentar placer sexual.
Cómo llegó la práctica a Colombia, detectada entre comunidades indígenas emberá y afrocolombianas, es fuente de varias teorías sin respaldo confirmado.
Lo que se sabe es que sucede en comunidades humildes, marginalizadas y aisladas, cuyos asentamientos muchas veces quedan a horas a pie de hospitales, escuelas y carreteras.
Según datos facilitados por el Congreso colombiano, hasta octubre de 2025 fueron registrados 26 casos. En 2024 se reportaron 54 y en 2023, 91.
La mayor incidencia se da en el departamento de Risaralda, en el noroccidente del país, donde vive la comunidad de Quiñonez.
Autoridades, médicos y emberás en contra de la práctica aseguran que existe un subregistro de casos.
"Las niñas mueren más que los niños"
A prácticamente todas las niñas que nacen en ciertos territorios se lo hacen.
A veces no alcanza llevar a una persona enferma al hospital por el aislamiento de los resguardos.
Una niña con ablación, si se desangra, no llega. A mí siempre me extrañaba que las niñas mueren más que los niños al nacer.
No lo entendí hasta muchos años después, cuando empecé a sensibilizarme con el tema y comprender que estaba mal.
Vi morir a seis niñas sin motivo aparente.
Recuerdo una primita mía a la que mi mamá le hizo el parto. Nació bien, pero a los tres días murió.
Le pregunté a mi mamá y me dijo que había muerto del 'jai', un mal ancestral. No me dio más explicaciones.
Ahora creo que todas esas niñas que murieron así, del 'jai', en realidad fue por complicaciones de la ablación.
Ahora les queman el clítoris. Antes lo cortaban con un cuchillo. Mi abuela también se lo practicó a mi hermana. Casi muere.
Ella sigue afectada en su cuerpo, pero es muy callada. No lo cuenta.
Ya sea por normalizarlo, por vergüenza o por miedo, nos cuesta abrirnos.
Una pediatra en primera línea de la ablación
La OMS identifica cuatro tipos de mutilación genital femenina.
En el primero se remueve parcial o totalmente el glande del clítoris, que es la cara externa y sensible. También se resecciona el prepucio o capuchón; un pliegue que rodea el glande.
El segundo tipo incluye la resección de los labios menores, con o sin escisión de los mayores.
El tercero, también llamado infibulación, presenta un estrechamiento de la abertura vaginal.
El cuarto es cualquier otra lesión de los genitales femeninos.
En el hospital San Jorge de Pereira, en Risaralda, la pediatra Diana Ramos Mosquera lidia a diario con muchos más casos de los detectados.
Trabaja en el departamento que es epicentro del registro de casos oficiales, pero también de muchos otros excluidos de las cifras que define como "la punta del iceberg" del fenómeno.
No es que piense que ahora se practica más, sino que hay más especialistas que exploran a las niñas cuando acuden por otras dolencias.
"Cuando llegan mutiladas, vemos una cicatriz. A veces es difícil medir qué mutilación sufrieron", le explica Ramos a BBC Mundo.
"Por los relatos de emberas sabemos que suele producirse tras nacer con un cuchillo caliente. Vemos quemaduras; mutilaciones de tipo 1 y 2", añade la pediatra.
Recuerda una niña que llegó con el introito vaginal cerrado, por lo que probablemente no iba a tener por dónde menstruar o tener relaciones sexuales al madurar.
"Se le tuvo que reconstruir", cuenta Ramos.
Desde que esta especialista descubrió un caso hace cuatro años, visibiliza el fenómeno y concientiza a sus colegas. Denuncia que a su comunidad no se les forma lo suficiente sobre cómo identificar la ablación y qué hacer después.
Considera la práctica como una forma de violencia sexual y de género, con consecuencias de por vida, que debe resolverse educando.
"Hay madres que ni siquiera saben que a sus niñas las mutilaron. No puede justificarse, pero tampoco obviarse el lado cultural del asunto porque algunos miembros creen que no hacen mal", reflexiona.
"La cultura no mata"
Con alrededor de 300.000 miembros, la Gran Nación Emberá es una de las comunidades indígenas más numerosas de Colombia, también con presencia en Ecuador y Panamá.
Entre los grupos donde se practica la ablación, detectada entre emberás chamí, katío y dobidá, muchos miembros creen que ésta les identifica como parte de su cultura ancestral. La llaman "curación".
Abuelas y parteras, por ejemplo, temen que del clítoris crezca un pene si no lo cortan.
Y en una sociedad patriarcal, otros piensan que una mujer con un órgano que da placer tiende a ser promiscua y mala esposa.
Es un ciclo sin fin y generacional que muchas otras mujeres quieren acabar.
Juliana Domico, consejera de la Confederación Nacional de los Pueblos de la Gran Nación Emberá de Colombia, considera que la ablación es producto del desconocimiento anatómico y el machismo, no de la cultura.
Una de las teorías de cómo llegó la ablación a Colombia indica que ésta viajó con esclavos de algunos países africanos donde se practicaba y que fueron traídos al país en la época colonial.
Eso quizá explicaría su prevalencia en Risaralda, Chocó y Valle del Cauca, departamentos colindantes o coincidentes con regiones afrocolombianas.
La lideresa añade la teoría heredada de la oralidad embera.
"Se cree que hace cientos de años nació una niña intersexual –una condición que puede manifiestarse con la presencia de genitales masculinos y femeninos en un individuo– y desde entonces se originó la fobia al clítoris".
Domico viaja para detectar casos en otros departamentos y clarificar la magnitud y el arraigo de la práctica.
Disputa que sea parte de su cultura: "somos nuestra vestimenta, artesanías, danzas y habla, no una práctica que mata. La cultura no mata".
Amenazas y rechazos
Mi expareja y yo rompimos después de que me pegara al enterarse de la ablación de mi hija.
Se supone que el tema queda entre mujeres y que los hombres no saben, pero hay autoridades indígenas, masculinas, que ponen obstáculos a que se converse sobre ello.
Me han amenazado por visibilizar y concientizar de que esto debe acabar.
Con algunas mujeres, las parteras y más viejitas, también cuesta. Ha habido peleas, pero no se puede renunciar al diálogo.
Es difícil porque muchas emberas no hablan español y a veces la conversación es solo con los hombres.
Eso nos limita en la comunidad y en el contacto con los médicos.
En los últimos años, cientos de emberás desplazados por la violencia viven en refugios de Bogotá. En estos también se han reportado casos de ablación, lo cual ha aumentado el estigma y la discriminación contra nosotros.
He tenido malas experiencias en los hospitales de la capital. Cuando llevo a mi hija por complicaciones de la ablación, siento que a veces ni saben qué es. Le ha pasado a otras mujeres.
Una vez llevé a mi niña con fiebre por infección urinaria. Cuando la diagnosticaron, la enfermera me dijo que lo merecía por salvaje. Ni siquiera sabía mi historia.
Hay gente que asume que no hablamos español y desconocemos qué es un derecho.
Me amenazaron, incluso, con quitarme a la niña y llevarla con Bienestar Familiar.
Desde entonces prefiero no llevar a mi hija al hospital. La trato con plantas y medicamentos. No me despego de ella.
Una ley contra la ablación
La ablación genital en Colombia no se mediatizó hasta 2007, cuando trascendió la muerte de una bebé tras ser mutilada.
La tragedia propició un incipiente movimiento emberá y de las autoridades colombianas junto a otras agencias internacionales que buscan que la práctica se abandone.
No fue sino hasta 19 años después y varias campañas de pedagogía entre las comunidades, que un proyecto de ley para prevenir, atender y erradicar el fenómeno fue aprobado en 2025 por la Cámara de Representantes. Aún está pendiente de convertirse en ley tras pasar por el Senado.
El camino ha estado plagado de retos.
"Por concentrarse los casos en ciertas comunidades, sobre todo en Risaralda, ha costado unificar una respuesta institucional", le explica a BBC Mundo Carolina Giraldo, congresista de ese departamento que impulsa la ley.
"Pero la conversación se aceleró después de reportarse mutilaciones en el Parque Nacional de Bogotá, cuando cientos de embera desplazados por la violencia acamparon allí durante meses", añade Giraldo.
La política también responsabiliza al complejo subregistro del fenómeno.
"Por el aislamiento, ni siquiera se sabe cuántos niñas nacen, cuántas mueren y cuántas mueren por ablación. Solo se registran los casos que llegan a hospitales o instituciones".
Por último, entre legisladores y políticos se discute si la ley debe castigar o prevenir.
Giraldo apuesta por lo segundo: "lo principal es salvar vidas. Si penalizamos a las abuelitas y parteras, es menos probable que lleven a las niñas al hospital. Morirán más".
"Cuando le cuente la verdad a mi hija"
Cada vez más mujeres tienen ganas de cambiar las cosas, que reconocen que mutilar está mal.
Algunas de ellas, sin educación, no hablan o escriben en español, pero entienden lo importante que es.
Hablan entre ellas de que la ablación no debería existir.
Fue también bonito ver una vez a una abuela reflexionar sobre la 'curación' tras haberlo hecho a sus nietas. Dijo que lo hacía sin maldad, que solo buscaba que los hombres no criticaran a sus nietas.
Conversar sobre una vida distinta es difícil. Las mujeres sin clítoris no imaginan otro cuerpo. No recuerdan uno distinto.
Es duro preguntarles cómo serían sus vidas de no haber sido mutiladas. Responden, casi con indiferencia, que sus vidas seguirían siendo 'normales'.
Igual de duro será el día que tenga que hablar con mi hija, pero es una conversación que no se puede rehuir.
Todas merecemos conocer y hablar sin vergüenza de nuestros cuerpos.
*Carla Quiñonez es un seudónimo para proteger la identidad del testimonio, quien podría estar sujeto a revictimizaciones y amenazas.
*Con ilustraciones de Daniel Arce, del Equipo de Periodismo Visual de BBC Mundo.
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