Nota de Tano
Gaetano Pandolfo [email protected] | Miércoles 15 octubre, 2008
Los nueve magníficos que no quieren el nuevo Estadio Nacional en La Sabana, son conscientes, aunque están obligados a hacerse los rusos, de que en Costa Rica es imposible construirlo en otro lugar.
La tramitomanía lo impide.
Este país está atrapado en sus propias leyes y si no se ha podido construir obra nueva en infraestructura, menos una edificación de esta magnitud.
No es una pared lo que habría que levantar en los terrenos que nos señalan Sobrado y compañía. Es un estadio imponente, cuya construcción va a provocar todo tipo de obstáculos legales propios de nuestra enmarañada legislación.
No son castillos en la arena lo que se tiene que construir, esos que en las playas los niños levantan, botan y vuelven a edificar dos metros más allá.
Don Guido Sáenz sabe, porque lo ha vivido en carne propia en muchos de sus grandes proyectos, que levantar esa joya arquitectónica en otro sitio que no sea La Sabana, nos puede llevar fácilmente los mismos 60 años que suma la ampliación de la avenida segunda sin poder concluirse.
Como lo explicábamos ayer, la zona recreativa de La Sabana queda intacta; el nuevo Estadio Nacional ya construido no tiene nada que ver, ni toca medio metro del monumento a La Cruz, hacia todo el este.
Todo lo contrario, se ha firmado un convenio con Inbio para embellecer ese sector; así, la obra magna de Guido Sáenz será más bella.
Por ahí un ignorante, enemigo acérrimo de Oscar Arias y que destila veneno cada vez que en un vespertino le dan pelota —lamentablemente muy a menudo—, se dejó decir que la construcción del nuevo Estadio Nacional era una ocurrencia de Osvaldo Pandolfo.
Con toda la mala fe del caso, olvida que ese proyecto del nuevo coliseo estuvo en los programas de gobierno de don Oscar, de ahí la felicidad y el regocijo de los deportistas, cuando en un viaje a China, el Presidente logró cuajarlo. El deporte de Costa Rica saltó de alegría; los deportistas costarricenses finalmente comprobaron que en este gobierno sí hay interés en promover el deporte.
Y esto produce celos, produce envidia.
Sobre todo en personas que ocuparon por muchos años la misma posición que don Osvaldo, incluso con mayor poder, y no movieron un dedo en beneficio del deporte competitivo.
Decía el colega José A. Cabezas en su columna en La Prensa Libre, que cuando don Guido fue ministro de Cultura, Juventud y Deportes, no fue que relegó al deporte al tercer lugar. ¡Fue que no le dio ningún lugar!, y esto es facilísimo de probar.
Don Guido no quiere que le toquen “su Sabana”; el nuevo Estadio va a ensuciar “su jardín”; los vándalos que asisten al despreciable (para él) fútbol, estropearán su obra monumental y eso, él no lo va a permitir. Además, la joya china ya erguida, limitará lo que en su momento don Guido con su empeño nos legó y eso, lastima el ego. Eso es todo.
No hay nada más, señores de la Sala Constitucional.
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