Nota de Tano
Gaetano Pandolfo [email protected] | Sábado 17 octubre, 2009
El ciudadano que más ha sufrido por la eliminación de Costa Rica al viaje directo al Mundial en Sudáfrica, no es costarricense.
Se llama Marcelo Tulbovitz y paradójicamente es uruguayo.
El destino le ha jugado buenas y malas pasadas a este distinguido profesional de la preparación física.
Triunfador en el Deportivo Saprissa, fue llamado a hacer mancuerna con Hernán Medford en la Selección Nacional; las puertas del Mundial se le abrían al sangre caliente suramericano, motivador de puño cerrado y grito abierto que hizo escuela con los morados.
Lamentablemente, se cortó el camino con la destitución del entrenador; don Hernán como que no se entregó al ciento por ciento a su trabajo al frente de la tricolor e indirectamente, Marcelo pagó los platos rotos. El binomio se rompió y el charrúa finalmente emigró a San Carlos.
En el Congreso de Medicina del Deporte que coordinó el Dr. Carlos Palavicini, el señor Tulbovitz fue invitado a dar una charla magistral sobre lo que sabe. La escuchamos personalmente.
Entre los asistentes estaba el anterior cuerpo técnico de la Selección Nacional, completo, que por entonces, vivía sus días de gloria: Kenton, Arnáez y el colega de Marcelo, Milton Rivas. El suramericano cerró su exposición elegantemente, dándole apoyo al cuerpo técnico y asegurándoles que irían al Mundial, un evento que en ese momento, ya no era para él.
Pero el mundo da muchas vueltas; tras el derrumbe de la tricolor con don Rodrigo al frente, se cambia el cuerpo técnico y el destino, pone de nuevo a Tulbovitz en el sendero a Sudáfrica.
En la previa del partido contra Estados Unidos, el uruguayo da declaraciones y cuenta que su máximo sueño desde que tenía cinco años de edad, era asistir a una Copa del Mundo.
Y estuvo a 20 segundos de lograrlo.
Expulsados René Simoes y Luis Diego Arnáez, el drama en Washington nos retrata entonces en el cierre infernal que hundió a nuestro equipo, el rostro crucificado, duro y doloroso de Marcelo Tulbovitz, en el limbo; sin poder comprender nada; con rabia, impotente y sufriendo.
Como si él fuera nuestro.
Como si fuera costarricense.
¡Gracias charrúa por aceptar nuestra sangre!
Irás con tu hijo Matías al Centenario, el 18 de noviembre y ni él te podrá convencer esa noche de no ser uno de los nuestros.
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