Nota de Tano
Gaetano Pandolfo [email protected] | Jueves 04 abril, 2013
La decisión que acordó la dirigencia del Deportivo Saprissa de no permitir el ingreso de la ultra (así con minúscula pues no merecen mayúscula), a las graderías del estadio en su partido contra Santos y además, ocupar el espacio de sus más acérrimos fanáticos con una manta gigante que hacía un llamado a la paz y a la no violencia en el fútbol nacional, fue hermosa y ejemplarizante.
Cuidado y si no es este gesto de los dirigentes morados, un punto de arranque, de partida, para ver si se termina con este cáncer terminal que hiere el deporte preferido de los costarricenses y ahuyenta a las familias de los estadios.
Desde luego que este acuerdo de la cúpula morada, se precipitó y en buena hora por la grotesca y salvaje agresión que se produjo entre seguidores del club (al menos eso decían los signos externos que portaban agresor y víctima) en otro partido del equipo, lo que transmitió una pésima imagen de la institución.
Pareciera que la jerarquía del Saprissa empieza a tomar control de la situación o por lo menos da una señal de autoridad, de poder, un primer paso serio, nada que ver con alcahueterías anteriores en todos los clubes grandes, que no pasaban de publicitar eventuales controles de la situación, con cámaras de video, imagen de los infractores, carné de los delincuentes y otras yerbas aromáticas que no sirvieron para nada. Miles de aplausos a la dirigencia del Saprissa por cerrar la gradería.
Un segundo tema en esta lamentable cadena de hechos violentos y agresivos que dañan al fútbol costarricense se da con el racismo, que no es problema nacional sino universal.
La verdad que a estas alturas del partido, insultar a un atleta solamente por el color de su piel no tiene sentido; es un asunto muy difícil de controlar y se me ocurre que como hizo el Saprissa cancelando el ingreso de la ultra al estadio, un primer paso sería la condena inmediata y el repudio instantáneo de los asistentes a los estadios que están ubicados cerca de los agresores verbales para intimidarlos.
Habría que ver cuál pachuco y agresor se atreve a gritar un insulto racista, si de inmediato lo van a callar y a presionar diez, veinte o treinta espectadores sentados a su alrededor, que incluso deben señalarlo y acusarlo ante alguna autoridad para que lo saquen del estadio.
Que los espectadores decentes se unan, se junten y denuncien al agresor para ir limpiando los escenarios.
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