Nota de Tano
Gaetano Pandolfo [email protected] | Miércoles 23 junio, 2010
A los mexicanos les gusta jugar de grandes.
Con razón o no; con derecho o no, por fanatismo o por resultados; su prensa deportiva considera que su fútbol tiene la suficiente calidad para convertirse en monarca del mundo, pero cada cuatro años, en la cita universal, la historia los detiene después del juego número cuatro.
¡Bueno!
Ya les llegó y es contra Argentina.
De nuevo el calendario enfrenta a los mexicanos contra una de las potencias futboleras del planeta. Por un lado, puede verse esto como injusticia de la llave de juegos: ¿no había otros 15 equipos menos problemáticos que los argentinos?
Pero, por otro lado, enfrentar a uno de los grandes del orbe, derrotarlo, eliminarlo y sacarlo del Mundial, es la tarjeta de presentación que precisamente urgen los mexicanos para pavonearse de su grandeza.
Ganándoles a los grandes es la única forma de convertirse en uno de ellos y por lo que presentó el equipo de Javier Aguirre en su grupo, tiene material para dificultarles el pasaporte a cuartos a las huestes de Diego Maradona.
Presumo un partido difícil entre mexicanos y argentinos, porque sinceramente, Argentina ganó su grupo caminando; se dio el lujo de cerrar con la reserva y hasta ahora va a hallar un rival de mayor peso histórico y futbolístico, bien plantado por el Vasco Aguirre.
Otro que visó boleto a octavos fue Uruguay; sí; nuestro rival en el repechaje.
Solo imaginarnos que si Alvaro Saborío logra enderezar aquel remate en el Centenario, después de que Centeno descontó, estos celestes del Maestro Tabarez que se pasearon vencedores en el Grupo A no estarían en Sudáfrica, da escalofríos.
Qué interesante analizar cómo este Uruguay, prácticamente con los mismos jugadores que a duras penas amarró el repechaje en Suramérica y tampoco le fue fácil eliminar a Costa Rica, se convierte en un seleccionado estelar del Mundial.
Si me ponen a responder el porqué de este enorme cambio lo resumo a dos únicas palabras: ganas y sacrificio.
Con el ejemplo de Forlán basta para sostener el argumento.
De aquel rubio número 10, estacionado, aburrido y desganado tanto en el Ricardo Saprissa como en el Centenario, no quedó absolutamente nada.
El mismo futbolista pero cargado con diferentes dosis de adrenalina; para Forlán y compañía, el Mundial significa dólares y vitrina; el Centenario rutina y el Saprissa, trámite.
Por ahí anda la cosa.
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