Nota de Tano
Gaetano Pandolfo [email protected] | Martes 22 marzo, 2011
Esta es la semana del Estadio Nacional.
Tengo bien marcada mi relación con el viejo coliseo.
De 1950 a 1955 lo visité cada domingo de la mano de mi papá.
Tenía yo siete años cuando presencié en la gradería de sombra el partido entre Alajuelense y Boca Juniors, cuando Carlos Alvarado le detuvo el penal a Bussico (no me acuerdo si se escribe así) y don Otilio Ulate, entonces presidente de la República, se bajó del palco de honor y le regaló al “Aguilucho”, el mejor portero de Costa Rica de todos los tiempos, su reloj personal.
Recuerdo que vi con mi padre el partido entre Herediano y el Génova de Italia; la mayoría de los juegos del campeonato del Orión, el equipo de mi papá y ya les he contado que me hice seguidor del Alajuelense gracias a un partidazo que se jugó Chumpi Zeledón.
Cuando entré al Colegio Los Angeles en 1956, mi afición por la Liga se convirtió en fanatismo; en las aulas del Colegio como era costumbre, los compañeros estábamos partidos en dos: morados y manudos y un par de seguidores del Herediano. En esta época cambié la comodidad de la gradería de sombra a la que iba con papá, por la gradería popular de sol, a la que asistimos lealmente cada domingo y entre semana a ver y ver partidos del campeonato y en Navidad y fin de año, las famosas y cotizadas cuadrangulares internacionales. Con los compañeros del colegio, que en 1958 se trasladó precisamente a La Sabana, detrás del ICE y los amigos del barrio La Dolorosa, vivimos como adolescentes y jóvenes hombres, una etapa maravillosa que ha sido reseñada y rescatada en estos días como parte de la historia del viejo Estadio, de cara a la inauguración del Nuevo.
¡Qué no vimos los jóvenes de la época!
Los mejores equipos de Argentina, Brasil y Uruguay; los mejores equipos del centro de Europa, sobre todo Suecia, Hungría, la antigua Checoslovaquia y Austria; me recuerdo sentado en la gradería de sol, saltando de 17 años después de que mi ídolo, Juan Ulloa, le metió un golazo a Rogelio Domínguez del Real Madrid. Recuerdo a Garrincha; a Néstor Raúl Rossi; a San Fillipo y a otro centenar de estrellas.
Me casé muy joven, de 22 años y me retiré de las canchas; pero cinco años después, de 27 febreros, entré a trabajar como periodista deportivo en La Nación y el reencuentro y lealtad con el viejo coliseo perduró hasta su derrumbe físico. Ahora y a partir de este sábado, poco costará enamorarse del Nuevo.
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