El ocaso de los hombres
Arturo Jofré [email protected] | Viernes 06 septiembre, 2013

Los hombres deben también aprender, la clave la tienen las mujeres y no hay secreto, pero hay que tener agallas para navegar en esta agua
El ocaso de los hombres
Decíamos que en Costa Rica hay una tendencia en que pronto las graduadas universitarias doblarán a los hombres. Ya estamos cerca: de cada 100 graduados universitarios solo 36 son hombres. En 1960 la situación era inversa: solo el 36% de la matrícula universitaria era femenino.
¿Las causas? Es fácil establecer la causa que provocaba la gran desventaja de la mujer hasta hace un cuarto de siglo: las enormes restricciones sociales en que se encontraba históricamente la mujer en esta sociedad y en toda América Latina. La revolución silenciosa de “las amas de casa” en Costa Rica logró su equilibrio al finalizar la década de los setenta, exactamente en 1979, cuando la matrícula universitaria estaba partida por la mitad.
De ahí en adelante el fenómeno se va revirtiendo y las mujeres empiezan a ganar terreno. ¿Cuáles han sido las causas? Como dicen los académicos, vamos a aproximarnos a la respuesta.
Lo primero es tratar de buscar desde donde se origina este desequilibrio. En la educación primaria no hay ningún indicador que muestre desequilibrio en esta materia. En la educación diversificada, entre jóvenes de 12 y 17 años, se nota un mayor porcentaje de mujeres que de hombres asistiendo a la educación, aunque no en las dimensiones que puedan explicar todo el fenómeno.
La respuesta está en las universidades, allí el sistema provoca un fuerte desequilibrio de sexo, lo que puede darse en el ingreso y en el proceso de formación. Aquí necesitamos que las universidades ayuden a despejar este fenómeno que en gran medida se genera y desarrolla en su interior.
Las mujeres están demostrando con cifras holgadas que están más claras en sus objetivos de vida, ya que no solo se trata de un título profesional, sino de independencia personal, de construir bases sólidas para su futuro, de ir ganando más espacios en la sociedad, de no tener más límites que sus propias aspiraciones.
Mi experiencia académica me hace pensar que las mujeres son más dedicadas, más ordenadas, más persistentes, más responsables, más realistas, que sus compañeros de aula. Naturalmente que hay muchas excepciones, pero no las suficientes como para descalificar la regla.
Para la sociedad los efectos de este fenómeno son multiplicativos, ya que la mujer es la principal fuerza impulsora para que los niños y jóvenes en el hogar sigan avanzando y no se rindan. La mujer es una educadora incansable.
Por eso, creo que esta segunda revolución silenciosa de la mujer, la de llegar más allá del equilibrio, nos deja dos grandes enseñanzas. Primero, es posible que tengamos hogares de niños y jóvenes que desde sus tempranos años vean la educación como algo tan natural como el alimento. Segundo, los hombres deben también aprender, la clave la tienen las mujeres y no hay secreto, pero hay que tener agallas para navegar en estas aguas.
Espero en la próxima columna cubrir los otros tres puntos de la realidad universitaria costarricense y sus tendencias más importantes.
Arturo Jofré
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